¿Cuáles son las preguntas más importantes?

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Todos nosotros tenemos preguntas. ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hay un Dios? ¿Quién es Él? ¿Qué quiere de mí? ¿Qué está pasando con el mundo. . .y conmigo? ¿Qué pasa después de que muera? ¿Cómo lo puedo saber con certeza? Estos asuntos y muchos más pueden preocuparnos. Pero las preguntas más importantes realmente se reducen a: ¿Quién es Dios y qué quiere de ti?

Cada persona es un teólogo—cada uno de nosotros piensa y opera en base a un conjunto de creencias acerca de Dios. Una verdad fundamental de teología es ésta: hay un Dios. Una segunda verdad necesariamente la sigue: tú no eres Él. Podemos negar o al menos dudar de que exista Dios, pero la Escritura declara: “Dice el necio en su corazón: No hay Dios.” (Salmos 14:1) El necio es uno que, careciendo de entendimiento, a menudo ignora arrogante y deliberadamente lo que es obvio. Esta rebelión contra el único Dios verdadero de la Biblia nos hace tener dioses de nuestra propia creación (1 Juan 5:21), a saber, la búsqueda de nuestras propias necesidades y deseos (Filipenses 3:19; Santiago 4:1–4). Incluso en el perfecto jardín del Edén, Adán y Eva fueron tentados a rebelarse contra el santo mandato de Dios para que pudieran dar lugar a sus propios deseos (Génesis 3:1–6).

Pero hay un Dios y tú no eres Él. Otras preguntas que tenemos en la vida pueden contestarse sólo si empiezan con Dios. Consideremos unas cuantas verdades sobre quién es Dios y lo que quiere Él de nosotros.

Dios es conocible y quiere que lo conozcas.

El Dios invisible se ha revelado a sí mismo de muchas maneras. Una forma es a través de las obras de Sus manos: “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.” (Romanos 1:20; cfr. Salmo 19:1–2). Él es también conocible a través de la conciencia humana. Este conocimiento de lo que está bien y lo qué está mal refleja (aunque de manera imperfecta) el estándar moral de Dios de santidad (Romanos 1:32). Dios es la fuente y el autor de todo lo que es bueno, verdadero y correcto, y nuestra capacidad de juicio moral se basa en conocerlo a Él.

Dios también se ha revelado a sí mismo particularmente a través de medios especiales. Muchos acontecimientos históricos extraordinarios dan testimonio de Su intervención directa, incluyendo el diluvio universal, la confusión de las lenguas y el cruce del mar Rojo. También habló directamente a Adán, Noé, Abraham y Moisés. Él se reveló a través de visiones y sueños (Números 12:6; Mateo 2:12) y, por supuesto, a través de los profetas y los apóstoles (Efesios 2:20; 2 Pedro 3:15–16). Esta autorrevelación de Dios ha sido registrada fielmente para nosotros en la Biblia (2 Timoteo 3:15–17).

Pero la Escritura identifica una revelación más completa de Dios: el Señor Jesucristo. Jesús, el Hijo de Dios, es “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15) y supera todas las revelaciones anteriores.

Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universe (Hebreos 1:1–2; cfr. Juan 14:9).

Con toda esta autorrevelación, debemos estar convencidos de que Dios quiere que le conozcamos (Jeremías 9:23–24). Deberíamos, por tanto, estudiarlo en la creación y en la historia; deberíamos entender y seguir Sus estándares morales; deberíamos leer Su palabra escrita, y deberíamos estimar en gran manera a Su Hijo, el Señor Jesucristo.

Dios es el Creador y quiere que lo honres.

La Biblia declara: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Él habló y “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.” (Juan 1:3).

Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó: Yo soy Jehová, y no hay otro (Isaías 45:18).

De entre toda Su creación, sólo los humanos son hechos a Su imagen (Génesis 1:27). Él ha hecho a la humanidad (Salmo 100:3) y les dio dominio sobre toda la creación (Génesis 1:28). Por lo tanto, somos capaces de apreciarlo y reflejar Sus atributos perfectos. Él quiere que lo glorifiquemos—que lo honremos con nuestras palabras y nuestras obras—y que le demos gracias (Romanos 1:21). Debemos temerlo con reverencia y autorreproche para no pecar (Éxodo 20:20), sabiendo que Él nos juzgará en justicia (Eclesiastés 12:13–14).

Dios es fiel y quiere que confíes en Él.

Dios cumple Sus promesas; Él no puede mentir (Tito 1:2; Hebreos 6:18). Él es el Dios verdadero (Jeremías 10:10; Juan 17:3) y lo que Él dice es verdad (Salmo 19:9; Mateo 22:16; Juan 5:32). El salmista David dice:

Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador;
Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré . . . .
En cuanto a Dios, perfecto es su camino,
Y acrisolada la palabra de Jehová.
Escudo es a todos los que en él esperan. (2 Samuel 22:2–3, 31)

Cuando confiamos en Dios, descansamos confiados en Su fidelidad. La Escritura dice: “En ti confiarán los que conocen tu nombre, por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron.” (Salmo 9:10). El patriarca Abraham “. . . creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6). El apóstol Pablo nos anima a seguir el ejemplo de Abraham, porque todos “. . . los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.” (Gálatas 3:9). Debemos confiar en Dios, porque. . . “sin fe es imposible agradar a Dios. . . . es necesario que el que se acerca a Dios crea que le lay, y que es galardonador de los que le buscan.” (Hebreos 11:6).

Dios está presente y Él quiere que lo ames.

Dios no necesita de nadie ya que es autosuficiente y totalmente independiente. Aun así desde el jardín del Edén hasta los cielos nuevos y la tierra nueva, Dios se ha deleitado en habitar entre los hombres. Antes de la caída, Adán y Eva disfrutaron de una relación perfecta con Dios. Muchos siglos después, Él eligió a la nación de Israel para ser Su pueblo especial, y los invitó a acercarse a Él (Deuteronomio 7:6–9). El apóstol Juan habló del tiempo cuando “aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14) —éste fue el Señor Jesucristo quien vivió entre Su pueblo, enseñándoles la Palabra de Dios y sanando sus enfermedades. Cuando Jesús volvió al cielo, envió al Espíritu Santo para habitar en Sus seguidores (Juan 15:26). El apóstol Juan también profetizó que en los cielos nuevos y la tierra nueva “el tabernáculo de Dios [“está habitando”] con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” (Apocalipsis 21:3).

Dado el inmenso deseo de Dios de estar con la humanidad, deberíamos amarlo, disfrutar de Su presencia y vivir nuestras vidas en relación personal con Él (Santiago 2:23). Cuando le preguntaron a Jesús que resumiera toda la Ley de Moisés en el gran mandamiento, Él respondió: “Amarás al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Este amor a Dios debe caracterizar nuestros pensamientos, palabras, actitudes, acciones y afectos, para que Él esté en el centro de todos los aspectos de nuestras vidas. (Salmo 73:25–26).

Dios es soberano y quiere que lo obedezcas.

Toda autoridad y poder pertenecen únicamente a Dios. No teme a ningún adversario ni usurpador.

. . . el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén. (1 Timoteo 6:15–16)

Por ser Dios la suprema autoridad, debemos obedecerle. Jesús dijo a Sus seguidores: “Si me amáis, guardad mis mandatos” (Juan 14:15). También nos mandó a hacer discípulos . . . a enseñar a los nuevos discípulos “a obedecer todos los mandatos que les he dado” (Mateo 28:19–20). También debemos estar delante de Él en juicio cuando desobedecemos. Él es el Dador de la ley y “ . . no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). Dios juzga con justicia perfecta y todos los hombres son dignos de castigo eterno y separación eterna de la presencia de Dios (Apocalipsis 20:11–15).

Dios es eterno y quiere que vivas con Él para siempre.

A diferencia del tiempo y de Su creación, Dios no tiene principio ni fin. Dios es eterno; es decir, Él está fuera del tiempo Salmo 90:2; 1 Timoteo 1:17; Hebreos 9:14). Sólo Él es el Dios vivo, que se reveló a Moisés como "YO SOY" (Éxodo 3:14). Él tiene vida en sí mismo y no depende de nada ni nadie.

El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. (Hechos 17:24–25

El Dios vivo creó a Adán y Eva para vivir con Él, y no morir. Pero el sufrimiento y la muerte entraron en el mundo a causa de la desobediencia de Adán a la orden de Dios (Romanos 5:12–21; 1 Corintios 15:21–22). Dios ordenó a Adán y advirtió: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16–17). Cuando nuestros primeros padres comieron el fruto, ellos se separaron de Dios (Isaías 59:2); tomaron conciencia de su propio pecado, y sus cuerpos físicos quedaron sujetos a la enfermedad, invalidez y, principalmente, la muerte. Debido a que Dios es eterno, el castigo por el pecado también es eterno (Daniel 12:2; Mateo 25:46).

Esperanza y ayuda para los pecadores.

Incluso con este panorama limitado de quién es Dios y lo que Él espera, cada uno de nosotros debe reconocer cuán corto quedamos ante él. Cada aspecto de nuestra vida está manchada por el pecado, y nos vemos obligados a estar de acuerdo con la evaluación de Dios de la humanidad:

No hay ni un solo justo, ni aun uno;
No hay quien entienda.
No hay busque a Dios.
Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. (Romanos 3:10–12)

¿Hay alguna esperanza para los pecadores? ¿Cómo puede ser hecho justo lo injusto? Hay que reconocer que el problema está dentro de nosotros y la solución debe venir de fuera de nosotros (Nosotros no podemos salvarnos a nosotros mismos). No podemos salvarnos de la ira de Dios por nuestros medios o fuerzas, pero Él ha hecho un camino para que nosotros nos reconciliemos con Él.

Reconoce ante Dios que eres pecador y vuélvete de tu pecado a Dios.

Jesús vino a “buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Tú debes admitir primero que estás perdido, separado de Dios a causa de tu pecado, sujeto a Su ira justa y santa. Debes confesar que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23)—incluyéndote a ti mismo en esa confesión. “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8–9).

Arrepentirte significa que debes apartarte de tus malos deseos, pensamientos y acciones, rechazarlos como vergonzosos y que conducen a la muerte (Romanos 6:21), y volverte a Dios. Dado que un ídolo es algo que adoramos o en que confiamos en lugar de confiar plenamente en Dios, la verdadera salvación significa que te has vuelto a Dios dejando “los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9).

Cree que Jesús pagó por tu pecado.

Debido a que Dios es justo, Él no puede pasar por alto el pecado y justificarlo con un decreto divino. Por lo tanto, ". . . sin derramamiento de sangre no se hace remisión" (Hebreos 9:22 LBLA). El primer derramamiento de sangre era el animal que murió para proporcionar “túnicas de piel” para cubrir la desnudez vergonzosa de Adán y Eva después de que habían pecado (Génesis 3:21). La cubierta final por el pecado vino a través de la muerte del Señor Jesucristo:

Mas él herido fue por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados;
el castigo de nuestra paz fue sobre él,
y por su llaga fuimos nosotros curados. . . .
mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. (Isaías 53:5–6)

Para recibir el regalo de salvación, tú debes creer la verdad del Evangelio:

. . . si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se hace confesión para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. (
Romanos 10:9–11)

El Evangelio lo cambia todo.

Cuando alguien pide la salvación al Señor, Dios lo libra (Salmo 50:15, 116: 17, 145:18). Esta liberación integral significa que el individuo ha sido salvado de la pena del pecado, está siendo salvado del poder del pecado, y será salvado de la presencia del pecado (2 Corintios 5:15).

Tú eres salvado de la pena del pecado.

Debido a que Jesús ha muerto en el lugar de los pecadores, la perfecta justicia de Dios se ha cumplido para los que creen: "Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. . . . [Y] ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. . .” (Romanos 5:1, 8:1). La justicia de Cristo reemplaza la culpa de los pecadores (2 Corintios 5:21).

  1. Tú estás siendo salvado del poder del pecado.

Los creyentes han sido liberados de la esclavitud del pecado y están apartados por Dios para llevar vidas santificadas (Romanos 6:12–14; Tito 2:11–14). En lugar de vivir en la esclavitud de pensamientos y acciones pecaminosos (Gálatas 5:19–21), el Espíritu Santo de Dios nos permite vivir una vida santa (versos 22–25): “. . . como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: "Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:14–16).

Tú serás salvado de la presencia del pecado.

Los creyentes que mueren entran en la presencia del Dios santo (2 Corintios 5:8) y son “espíritus de los justos hechos perfectos” (Hebreos 12:23). Todos los creyentes vivos o muertos aguardan la gloriosa resurrección del cuerpo, y toda la creación anhela el momento en que todas las cosas serán hechas nuevas (Romanos 8:18–23; Apocalipsis 21:1–4, 27, 22:3).

Conclusión

Puesto que Dios quiere que lo conozcamos, lo honremos, confiemos en Él, lo obedezcamos, amemos y que vivamos con Él para siempre, ¿cómo estás progresando tú? ¿Cómo ha crecido tu conocimiento de Él? ¿Con qué frecuencia honras al Señor y le das gracias? ¿Encuentras descanso en Su fidelidad? ¿Se caracteriza tu vida por la obediencia a la Palabra de Dios? ¿Estás confiando en la muerte de Cristo, en Su sepultura y Su resurrección para el perdón de tus pecados? ¿Te acercas a Él con confianza y tienes un deseo profundo por Él? Todas las alabanzas sean dadas a Dios, quien nunca cambia y quien está cerca de los que le invocan con fe. Acércate a Dios, hoy y siempre, y crece en tu deleite en Él.

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