El corazón de la apologética

Impacto

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Nota del Editor: Este artículo fue publicado originalmente en la revista Answers.

Hace varios años, mientras pastoreaba una iglesia y enseñaba apologética en un colegio cristiano en Wisconsin, aprendí una lección invalorable durante una conversación que tuve en la puerta de mi casa con dos testigos de Jehová. Dado que había estudiado sus enseñanzas, me sentía bastante listo para refutar sus afirmaciones.

Querían empezar hablando sobre lo mucho que teníamos en común, pero fui directo al grano: Creo que Jesucristo es el eterno Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, y que Su muerte sacrificial en la cruz fue suficiente para pagar por todos mis pecados. Ellos, por su parte, creen que Jesús es un ser creado cuya muerte en un madero no fue suficiente para pagar por nuestros pecados.

Refuté sus intentos de mostrar que Jesús no es Dios mostrándoles pasajes donde Jesús afirma explícitamente que es Dios (por ejemplo, Juan 8:58; 10:30). Permanecí amable y respetuoso debido a que sinceramente quería que conocieran al Salvador.

Después de este encuentro, estaba animado porque había tenido una victoria retumbante y había defendido exitosamente la fe cristiana. Pero ¿realmente gané?

No mucho tiempo después, abrí los ojos para darme cuenta de que aquellos testigos de Jehová eran sinceros, devotos, personas trabajadoras hechas a imagen de Dios, e iban camino a una eternidad sin Cristo. Estas pobres almas habían sido engañadas por el "dios de este siglo" (2 Corintios 4:4). Estaban intentado agradar a Dios a través de sus obras, pero habían pasado por alto el evangelio. Me estremezco al pensar acerca de su castigo inminente, no solo por creer un falso evangelio sino por engañar a otros.

Un dolor por las almas perdidas y atadas a la destrucción debería dirigir nuestra apologética. Podemos derribar argumentos y ofrecer razonamientos para nuestras creencias, pero si no los guiamos al evangelio de Jesucristo que salva las almas, no habremos defendido exitosamente la fe.

La salvación no depende de nuestros argumentos, sino del Espíritu Santo que puede usar palabras que salen de nuestro corazón para traer a la persona a fe en Cristo (1 Corintios 3:6). Debemos ser amables cuando con amor y humildad corrijamos sus errores (1 Corintios13:1–3), todo esto mientras oramos que Dios les conceda el arrepentimiento (2 Timoteo 2:24–26).

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